TEMAS y SUBTEMAS


3.1 La escritura


3.2 Soportes


3.3 Repositorios

3.4 Bibliotecas monásticas y universitarias


EVALUACIÓN FINAL

Historia del Libro y de las Bibliotecas I

UNIDAD III: EDAD MEDIA
REGRESAR A INDEX.HTM

Ramiro Lafuente López



3.4 Bibliotecas monásticas y universitarias


Primeras bibliotecas monásticas


Cuando el imperio romano se tambaleaba e Italia quedó asolada por el saqueo de los pueblos bárbaros, comenzó una época crítica para las bibliotecas romanas. Durante el siglo V y comienzos del VI, que fue cuando el imperio comienza a finalizar, una parte del tesoro de las bibliotecas empieza a ser destruido1.


Durante el siglo V y comienzos del VI, que es cuando tiene lugar la agonía del imperio romano, una parte esencial de este tesoro bibliográfico fue destruido. Tras el surgimiento del cristianismo se implantaron nuevas bibliotecas en las que, junto a los textos griegos y latinos, aparecieron liturgias y textos sacros que vinieron a completar el panorama cultural de la época. Destaca la Biblioteca de Cesárea, en Palestina, fundada por Orígenes y de gran importancia para el naciente mundo cristiano, y que fue destruida por los árabes en el año 637; a pesar de su importancia, la Biblioteca de Cesárea no fue la única existente en su época. En efecto, desde el siglo II se formaron distintas bibliotecas bajo la protección de los monasterios coptos en Egipto, en donde se albergaban diferentes manuscritos coptos y sirios.


Mientras que el influjo del cristianismo era notorio tiempo atrás, la literatura cristiana había comenzado a estar presente junto a la griega y a la latina, y las iglesias o monasterios se constituían en bibliothecae sacrae o christianae en donde se encontraban algunos textos bíblicos, escritos de los padres de la iglesia y algunos libros utilizados en los servicios religiosos2.

Tras la caída del imperio romano y el triunfo del cristianismo, la iglesia romana, a través de sus comunidades religiosas, conventos e instituciones eclesiásticas, desarrolla nuevas formas de conservación y organización de documentos. Una de las instituciones que se fortalece en esta época y de suma importancia para las bibliotecas, fue el monasterio que crearon bibliotecas a las que se les denomina monacales, pero también se presta atención a otras bibliotecas, que si bien no corresponden a esta categoría, si tuvieron especial repercusión en su momento, como las bibliotecas de las catedrales.


En el año 529 San Benito fundó el monasterio Montecasino y estableció como regla el que los monjes leyeran aquellas obras que, como las oraciones, contribuían a mejorar la vida espiritual. Frente a este deber, los monjes veían un impedimento: sus votos de pobreza les prohibía tener posesiones personales. Esto obligó a los monasterios a ofrecer los libros indispensables para las funciones religiosas y para las lecturas de los monjes, lo que redundo a su vez, en la conservación de diversas obras de la antigüedad3.


Una de las actividades de importancia para poder reunir los títulos indispensables en el monasterio, fue la copia y producción de libros en el escritorio monacal, innovación del monasterio de Monte Casino. Desafortunadamente el monasterio fue destruido por los lombardos en el año 585, y aunque pudo reconstruirse, sufrió otras destrucciones posteriores hasta que finalmente fue destruido en 1349 por un terremoto. Sin embargo, la actividad del escritorio monacal en la producción de libros tomó importancia, ya que a través de la labor de sus monjes en el escritorio, se produjeron y copiaron numerosas obras de gran valor4.


El escritorio fue consecuencia, en buena medida, de la falta de un adecuado comercio del libro y por consiguiente la compra no era una práctica normal, por eso la transcripción de manuscritos se introdujo muy pronto en los monasterios Para esa labor se contaba con un escritorio o lugar destinado a la copia de los escritos que constituyeron el fondo inicial del archivo-biblioteca llamado armarium, quizá porque todos los escritos estaban reunidos en un solo lugar5. Además de las labores de copista, en el monasterio había otras funciones que estaban claramente diferenciadas, como las del bibliotecario y las del archivero o encargado de la documentación.


La figura del bibliotecario, tenía un prestigio especial, pues no sólo se le consideraba responsable de la conservación y reposición de libros. Adquiría el nombramiento de bibliotecario por ser una persona de gran formación intelectual y conocedor de las obras, por tanto debería ser un erudito. A su cargo solían estar los copistas, iluminadores y encuadernadores y una de sus misiones era garantizar la corrección de los textos6.


Otro de los monasterios caracterizados por su interés en la preservación de la cultura escrita, fue el monasterio Vivarium, fundado por Casiodoro, un aristócrata romano. Este monasterio se caracterizaba por su interés en la salvación de la cultura, pues para Casiodoro era tan importante la oración como la copia de manuscritos. Como tenía gran fe en el libro por su poder espacial y temporal como difusor de ideas, la dependencia más importante del Vivarium fue la biblioteca. Pero su iniciativa no perduró porque el monasterio dejó de existir, poco después de la muerte de su fundador.


Aunque las bibliotecas características de la Edad Media de Occidente fueron las monásticas, existieron otras que no se ubicaban en esta categoría, como la biblioteca de Carlomagno, que sorprendió por el número de códices, adquiridos en gran parte gracias a los donativos que le fueron ofrecidos por personas que conocían su bibliofilia y querían ganarse su favor o dar muestra de agradecimiento a gestos favorables a su persona, por parte del emperador.


Esta biblioteca estaba al servicio de las personas ilustradas de la corte y se completaba con las colecciones de libros en poder de algunos colaboradores del emperador. Servía también para garantizar la conservación y corrección de las obras de la antigüedad y para preparar versiones autorizadas de libros religiosos. También, en este ambiente, surgió la biblioteca catedralicia de Verona, que durante varios siglos sobresalió de las otras catedrales italianas.


Durante esta época la biblioteca se limitó a su función de guardar libros, pues estaba formada por una sala con armarios para los códices, con pocos asientos y alguna mesa para la copia y redacción de textos; no solía haber una sala común de lectura, aunque en algunos monasterios existía el atrium lectorum, para que monjes y abades pudieran leer allí. No se ofrecía un uso público de la biblioteca, pues solo actuaba como preservadora de los textos. A esto contribuía la ignorancia generalizada de la población y que la Iglesia era celosa de su misión como guarda de la doctrina cristiana.


Durante los siglos VI y XII los conventos fungieron como guardianes de los manuscritos, sus formas eran rollos y códex. Los monjes, a los que en un inicio bajo el celo de la iglesia sólo se les permitía el copiar libros cristianos, poco a poco fueron abriéndose hasta llegar a copiar lecturas paganas. El cuidado que se les daba a los "libros" era notable. Generalmente estaba prohibido sacar los libros de las bibliotecas y para mayor seguridad éstos eran encadenados a los estantes; aunque en algunos sitios existía el préstamo bajo el otorgamiento de ciertas garantías7. En algunas cartas dirigidas al Abad de ciertos monasterios, se les mencionaban instrucciones precisas: "Tenía que tener acceso por el claustro, ser de bóveda, piedra picada y poseer bancos con atriles y cadenas para sujetar los libros8."


Fueron los monjes benedictinos, quienes en el siglo XIII, dieron un gran impulso a la actividad literaria. Su biblioteca monástica del monte Cassino, fue una de las más ricas y prestigiosas de la época. Otras órdenes aportaron su contribución a las actividades literarias: los cluniacenses, de los cuales surgieron los centros de la Abadía de St. Albans y Canterbury en Inglaterra. A fines de la edad media nuevas órdenes monásticas intervienen en las actividades como fueron los Carmelitas y algunas otras órdenes mendicantes como Franciscanos y Dominicos9.


Pese a que los monjes tenían la custodia de las bibliotecas de la época, a finales del siglo XIII, se inicia una etapa de decadencia para las bibliotecas monásticas. De Bury, menciona el abandono en que los monjes de su época tenían sus bibliotecas y el maltrato que daban éstos a sus libros. Un momento de gran importancia en la historia del libro manuscrito se dio cuando dejó de ser patrimonio de los mismos centros eclesiásticos de gran importancia, y se comenzó a desplazar hacía los laicos, especialmente a universitarios, cortes reales y grandes mansiones de magnates10.


Por otra parte, las revueltas campesinas en la Alemania de los años de 1524 a 1525, tuvieron desastrosos efectos para las bibliotecas monásticas alemanas, cosa que más tarde ocurrió con las francesas durante las guerras de religión. Pese a esto no se puede desconocer las grandes pérdidas que ya habían sufrido las bibliotecas durante la Edad Media, debido a los incendios que devastaron las iglesias y monasterios, en parte debido a la negligencia de los monjes en las postrimerías de la época y también por el fuego y las turbulencias bélicas de tiempos posteriores11.


Bibliotecas catedralicias


A partir del siglo XI renace la vida urbana y con ello surgen las nuevas catedrales, que serían los principales centros culturales del siglo XII. Uno de los rasgos distintivos de la época es la ampliación del campo de estudio con materias no religiosas y la búsqueda de la verdad a través de la razón.


En las viejas ciudades del occidente europeo, supervivientes de la época romana, siguieron abiertas las catedrales. Se trataba de las iglesias principales de una diócesis donde estaba la sede, cátedra o sillón del obispo, con su escuela, su colección de libros e incluso su escritorio.


Aunque en el siglo XII las bibliotecas catedralicias no superaban a las monásticas en cuanto al tamaño de sus colecciones, aunque poseían obras valiosas. Al principio los libros estaban como en los monasterios, en armarios o alacenas del claustro, pero al crecer el número de libros se requirió destinar una habitación para guardarlos y ya al final de la Edad Media, empezaron a construirse salas especiales para alojar las bibliotecas.


También fue preciso organizar la colección para que los libros se localizaran con facilidad. Sin embargo, los primeros catálogos fueron simples listas que se hicieron por razones de inventario, más no facilitaban el acceso a su contenido, ya que tenían una descripción breve elaborada sin uniformidad; sólo se mencionaba autor y título, además de algunas características físicas del libro como tipo de letra en el que estaba escrito, si tenía ilustraciones, etcétera12.


Los préstamos eran muy restringidos y se concedían mediante fianzas. En general, las bibliotecas catedralicias quedaron rezagadas en comparación con las monacales, ya que su vida dependía del interés del obispo por las bibliotecas.


Bizancio


La antigua cultura griega encontró un refugio especial contra la amenaza de los bárbaros en el Imperio bizantino. El emperador Constantino el Grande decidió, en el siglo IV, convertir la capital del imperio romano de oriente, Bizancio (Constantinopla), en un centro cultural, para lo cual fundó, con la colaboración de sabios griegos, una biblioteca, donde sin duda la literatura cristiana se encontraba ampliamente representada, aunque también había un gran acervo compuesto por obras entonces consideradas como paganas, obras que más tarde, bajo el reinado de Juliano el Apóstata, contaron con un espacio propio. La biblioteca de Constantino se incendio en 475, fue reconstruida y aunque con la conquista de la ciudad por los Cruzados en 1204 sufrió grandes deterioros, aún existía cuando Constantinopla cayó en poder de los turcos en 1453, época en la que es saqueada.


Constantino buscó hacer de Bizancio la capital cultural del mundo, para ello no sólo construyó bibliotecas. En la academia de Bizancio, también fundada por Constantino, se estudiaron y transcribieron los clásicos griegos, y los monasterios bizantinos se convirtieron en el refugio de la cultura griega. El más famoso de todos fue el convento del Studion, en Bizancio, cuyo abad Teodoro, en el siglo IX, dio normas de cómo tenía que regirse el taller de copistas y la biblioteca. Quizás más famoso aún es el monasterio del Monte Atos, en el Egeo, en el que aún hoy en día se encuentran varios miles de manuscritos, de los que los más antiguos son, por lo general, de contenido teológico y litúrgico o musical.


Otros sitios que conformaron el ambiente cultural de Bizancio fueron el monasterio de Santa Catalina, en el Sinaí y el Monasterio del Sinaí de donde procede el, Codex Sinaiticus, hoy en el Museo Británico de Londres.


Las bibliotecas universitarias


Las bibliotecas de las universidades, alcanzaron su constitución definitiva en el siglo XIII, cuando los papas, reyes y municipios aprobaron su creación. En estos centros había laicos que deseaban adquirir una cultura o conocimientos prácticos útiles para el desempeño de puestos en la enseñanza, administración, negocios o en las profesiones liberales. El nuevo tipo de estudio recaía en la lección (la lectio), la lectura efectuada por el profesor de un texto magistral y en la consiguiente disputatio, es decir, en el cambio de ideas con los alumnos mediante el diálogo. Este método favoreció el desarrollo del libro y las bibliotecas, ya que los alumnos debían conocer el texto objeto de estudio.


La formación práctica que se pretendía dar a través de las universidades, se reflejó en el contenido de las bibliotecas, cuyos libros se consideraban sobre todo herramientas de trabajo, más que instrumentos para la transmisión de los conocimientos. A diferencia de los monasterios y catedrales, en estas bibliotecas no interesaban las obras lujosamente presentadas, sino textos que debían ser leídas a diario y a los que era necesario sustituir con relativa frecuencia por haber quedado destrozadas por su uso. De esta forma se despertó un gran interés por la accesibilidad de los conocimientos y las obras se adaptaron a las nuevas inquietudes intelectuales y docentes. Además se redactaron catálogos de bibliotecas, enciclopedias, obras con exposiciones sistemáticas y libros de texto13.


En las bibliotecas universitarias había dos secciones: la que podría llamarse de consulta, con libros encadenados y otra formada por los libri distribuendi, que se prestaba a los profesores. En las universidades medievales emergieron bibliotecas que ofrecían acceso para su uso público y no las restringían sólo a la comunidad universitaria. Sin embargo, en opinión de James Thompson, la biblioteca medieval representó tan solo un modesto modelo inicial, en el logro de un acceso amplio a los acervos de las bibliotecas.


Un ejemplo era la biblioteca de la Sorbona, en donde los libros se usaban dentro del edificio de la biblioteca. En caso de utilizarlos fuera, debían devolverse al final de ese mismo día y se tenía que dejar un depósito equivalente al valor del libro. La universidad de París llegó a ser famosa por su dedicación a los estudios teológicos y en sus recintos se formaron varios teólogos importantes durante la Edad Media.


En la segunda mitad del siglo XII un grupo de estudiantes ingleses se retiró de la universidad de París y marcharon a Oxford, donde formaron el núcleo inicial de esa célebre universidad. La biblioteca de Cambridge fue posterior a la de Oxford y su biblioteca general se formó hasta el siglo XV, pero contó con buenas bibliotecas en colegios. Las bibliotecas inglesas funcionaron de acuerdo con las de París.


La biblioteca universitaria dio pauta a poner el interés en el contenido intelectual de los libros. En ellas, el papel, asignado a las bibliotecas de conservación de libros, comenzó a tomar otra dimensión al darse importancia al acceso al contenido temático de los libros, asunto que tomaría mayor relevancia con el paso del tiempo.


Otro efecto importante producido en el mundo del libro por la fundación de las universidades fue la reaparición de las librerías. Éstas habían surgido por vez primera en la Roma imperial y después de la caída de ésta, habían prácticamente desaparecido. Tras el nacimiento de las universidades fue común ver alrededor de ellas establecimientos dedicados a la compra y venta de manuscritos y libros.


A pesar del importante papel que las universidades jugaron durante el Medioevo como medios de generación y difusión de la cultura, ésta era todavía privativa de las clases sociales acomodadas. La razón de esto es muy simple: el costo de los libros era sumamente elevado; Dahl menciona que, por ejemplo, el costo de un sermonario adquirido por la condesa de Anjou en el siglo X alcanzó la siguiente suma: 200 ovejas, tres toneladas de trigo y varias pieles de marta. Obviamente, tan exagerado precio nos da una idea de que los libros eran un bien al que la mayoría de la gente no tenía acceso.

La aparición de las universidades representó un crecimiento de las ciudades y con esto, un progresivo fortalecimiento de la naciente burguesía (de hecho, el término "burguesía" está relacionado con "burgo", sinónimo de ciudad).


A pesar del creciente poderío económico que esta clase fue adquiriendo, no es sino hasta los siglos XIV y XV que ésta es capaz de comenzar a adquirir libros y formar bibliotecas, privilegio antes reservado a los nobles y señores feudales. Esta capacidad está relacionada íntimamente con el hecho de que en Europa comienza a formarse precisamente por el impulso de la burguesía, una cada vez más redituable industria dedicada a la fabricación de papel, material que gradualmente fue desplazando al pergamino y cuyo precio era mucho más bajo que el de este último, lo que permitió abaratar el costo de los libros y favorecer así su difusión. A la larga, la elaboración de libros dejó de ser una actividad reservada a los monasterios.


Fuera de las bibliotecas de instituciones religiosas (monásticas, catedralicias y universitarias), no existió en Europa Occidental otro tipo de bibliotecas, hasta los últimos siglos de la Edad Media. Las causas principales fueron la falta de una generalización del conocimiento de la lectura; la escritura estaba destinada especialmente a asuntos religiosos y la producción de libros era demasiado costosa.


Hasta antes del siglo XV los manuscritos se reservaban a una elite circunscrita de individuos letrados14, eso se refleja en la conformación de las bibliotecas, ya que las bibliotecas de la Edad Media estaban pensadas para resguardar el saber a unos cuantos eruditos, que en su mayoría eran monjes pertenecientes a las diferentes ordenes que tenían a su cuidado los diferentes acervos.


Posteriormente empezaron a aparecer las bibliotecas privadas que aunque no daban acceso a todo público, pudieron ser utilizadas por personas distintas del dueño, como la reunida por Carlomagno, que estuvo a disposición de los sabios que reunió en la corte.


A esa idea responde la aparición de bibliotecas como la Vaticana que fue fundada en 1450, y que hasta hoy es una de las más grandes. El Papa Nicolás V donó 340 manuscritos de su propia colección y añadió otros más con los fondos de la iglesia. Además envió gente a través de Europa en busca de libros y manuscritos, para adquirirlos; empleó a los estudiantes bizantinos para traducir los manuscritos griegos al latín y pagó a copistas de Florencia y Bolonia para producir nuevas copias de clásicos latinos. En la época de su muerte (1455), la Biblioteca Vaticana tenía 1209 volúmenes15.


Por regla general, esas bibliotecas fueron divididas en una sala de lectura y otra de consulta. En la Biblioteca Vaticana de Sixto IV, existieron además otras secciones como la de la biblioteca común (Bibliotheca communis), la biblioteca pública (Bibliotheca publica) y la biblioteca reservada (o Bibliotheca secreta)16.


Los sucesores del Papa Nicolás V mantuvieron abierta la biblioteca a los estudiantes que no pertenecieran al Vaticano. Sixto IV declaró en 1475 que el propósito de esa biblioteca era servir de manera digna a sus estudiantes y a todos aquellos que fueran devotos del estudio de las ciencias17.


Pese a tal deseo el acceso a estas bibliotecas era limitado, pues además de saber leer, los individuos requerían tener una buena posición social y ser conocedores de la institución a la que pertenecía la biblioteca, antes de que se les permitiera el acceso. Las condiciones para el préstamo eran rígidas y se vigilaba con estricto apego a las normas el uso que se hiciera de los libros. Puesto que el acceso a las bibliotecas fue extremadamente limitada y bajo diversas reglas de seguridad, tan solo una proporción de bibliotecas medievales ofreció acceso público; el resto eran bibliotecas privadas o secretas. Aunque la necesidad pública fue reconocida, las circunstancias no permitían satisfacerlas18.


ACTIVIDAD DE APRENDIZAJE


Lee los capítulos del libro: Hipólito Escolar Sobrino. Historia de las bibliotecas. Madrid: Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1990. Que se encuentra en la sección de lecturas.


Lee el capítulo del libro: Jorge Villar. Las Edades del libro, que se encuentra en la sección de lecturas.


Realiza las siguientes actividades:


1.-Que diferencias o semejanzas encuentras entre el enfoque que le da Martínez de Sousa a la historia del libro en la época medieval y la que le da Hipólito Escolar y Jorge Villar.


2.-Cuales fueron los aspectos fundamentales que aportaron los conventos y bibliotecas medievales para el desarrollo del libro.


3.-Que importancia tuvieron las Universidades Medievales para el desarrollo del libro.



1 Hipólito Escolar. Op. Cit., p. 146.

2 Svend Dahl. op. cit., p. 44

3 Lerner. Op. Cit., p. 82.

4 Hipólito Escolar. Op. Cit., p. 149.

5 Hipólito Escolar. Op. Cit, p. 179.

6 Hipólito Escolar. Op. Cit, p. 237.

7 A Millares Carlo. Introducción a la historia del libro y de las bibliotecas. México: Fondo de Cultura Económica, 1971. 399 p, p.259

8 A Millares Carlo, op. cit. 252

9 Svend Dahl op. cit., p. 73

10 A Millares, op. cit., p. 257

11 Svend Dahl op. cit., p.142

12 Lerner. Op Cit., p. 94.

13 Hipólito Escolar. Op. Cit., p. 201.

14 Eco, Umberto. &ldquoEl porvenir de los libros&rdquo. En: 20° Congreso de la Unión Internacional de Editores. Barcelona : UIE, 1996. p. 4.

15 Lerner. Op. Cit., p. 102.

16 Thompson, James. A history of the principles of librarianship. Londres : Clive Bingley, 1974. p. 67.

17 Lerner. Op. Cit., p. 102-3.

18 Thompson, James. Op. Cit., p. 69.






Última actualización: 04 de Noviembre de 2005

 

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