TEMAS y SUBTEMAS


3.1 La escritura


3.2 Soportes


3.3 Repositorios

3.4 Bibliotecas monásticas y universitarias


EVALUACIÓN FINAL

Historia del Libro y de las Bibliotecas I

UNIDAD III: EDAD MEDIA
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Ramiro Lafuente López



3.1 La escritura

En los primeros tiempos vamos a encontrar la cursiva latina, que aparecía con la capital y la uncial, adquiriendo con la fragmentación que supone la Edad Media unas características propias en cada país, llamándose visigótica en España, es usada desde el s. VIII al XII-XIII. Pero va a ser la letra gótica la que caracterice al medioevo, con una vigencia hasta el s. XVI. Los manuscritos y textos medievales fueron escritos en letra gótica, con sus distintas variables: textual, nodular, híbrida, etc. La letra gótica de forma utilizada en los libros manuscritos, la intermedia para los manuscritos eruditos en latín, y la cursiva textual para la lengua vulgar. También hay que destacar los elementos marginales al texto, como son las miniaturas, iniciales y el pergamino, que va a diferenciar las categorías del manuscrito y su correspondiente destino social1.


Durante toda la Edad Media la escritura, y su celoso contenedor, la biblioteca no van a trascender del recinto monástico, dentro de una rigurosa reglamentación en la que se disponían los trabajos de los monjes. En el scriptorium se dividía el trabajo según las habilidades y sobre todo la fiabilidad del monje, que en ocasiones manejaban peligrosos tratados dentro de una ideología dedicada a amparar un sistema de valores muy estricto. El monje que se dedicaba a la transcripción era el amanuense, para el cual el tiempo no tiene valor, por lo cual hace obras únicas tanto en la forma como en el contenido; auténticas obras de arte; se copia un texto modificado, distorsionado, enriquecido o empobrecido, pero siempre distinto. Este dejaba los correspondientes espacios en blanco para las ilustraciones de miniaturas e iniciales que era hechas por el miniaturista o iluminador.


El siglo XII-XIII va a suponer para Europa un lento resurgir de la vida laica, roturaciones, crecimiento de la población, resurgir del comercio y de las ciudades que va a suponer la circunstancia óptima para ver el renacer de la cultura laica, con una secularización y funcionalidad del saber. Aparece una nueva figura social la burguesía, cuya culminación del proceso va a ser la aparición de las universidades, París, Bolonia, Oxford, Salamanca, etc. Que curiosamente nacen al amparo de las más altas instituciones religiosas, concentran a estudiantes y profesores que demandan textos para el aprendizaje. Así empieza a nacer el comercio del libro, con nuevos tipos como los stationari, que eran intermediarios entre el taller de copistas y los estudiantes. Auténticos predecesores de los libreros.


Por otra parte las universidades empiezan a formar sus propias bibliotecas, creadas bajo la protección de magnánimos protectores; y cuya fisonomía era muy distinta a la idea actual, pues consistía en unos pupitres a los que estaban encadenados los libros. Y que bajo ciertas reservas podían ser consultadas por los estudiantes. Las universidades en última instancia vienen a suponer la racionalidad frente a lo sobrenatural y la democratización del texto ante la eliminación de la arbitraria selección. Además de suponer una tendencia a procurar la fidelidad al original Siempre tomado con reservas, pues la circulación del libro va a ser muy restringida, ya que a los condicionantes ideológicos se le une el alto coste.


La Iglesia de Bizancio fue la que se mantuvo más apegada a los modelos antiguos. En los mosaicos que decoraban el interior de las cúpulas de las iglesias de Bizancio, Cristo se representaba en majestad. La cultura bizantina, que se desarrolló en una región de Europa con un nivel muy bajo de alfabetización, fue una cultura de iconos pintados de Cristo, la Virgen y los santos. Como declaró un abad del siglo VIII «Los Evangelios fueron escritos en palabras, pero los iconos están escritos en oro». Los iconos de Bizancio podían verse tanto en los hogares y las calles como en las iglesias, donde se exhibían en la iconostasis, que eran las puertas que separaban el santuario de los legos. En las iglesias católicas romanas no existía esa separación. En ambas confesiones, el simbolismo era un rasgo del arte religioso y de los mensajes que vehiculaba, pero en Bizancio, a diferencia de Occidente hasta la Reforma, se rechazaba la enseñanza por medio de la cultura visual y cada tanto las imágenes eran objeto de ataques porque las consideraban ídolos, hasta que fueron destruidas por los iconoclastas, movimiento que llegó a su apogeo en el año 7262.


"El estilo predominante en el arte del libro de la Baja Edad Media fue, como en la escritura, el gótico. Una de sus características, entre otras, es el frecuente empleo de motivos tomados de la arquitectura gótica, con su arco de ojiva. Las figuras no quedan confundidas con los fondos, sino que destacan plásticamente de ellos, y las figuras humanas son, en el período más antiguo, como podemos contemplar en las vidrieras de las iglesias góticas, altas y delgadas, de hombros estrechos y largas manos y pies; más tarde, se vuelven cada vez más realistas. Lo mismo se aplica en las piedras preciosas, follajes, insectos, aves, que, sobre un fondo de oro mate, decoran los márgenes y no ofrecen relación las iniciales, sino que forman amplias orlas independientes"3.

Desde el siglo V los monjes copiaban textos religiosos además de obras griegas y romanas clásicas. El lugar dentro del monasterio en donde se copiaban los manuscritos en pergamino, se decoraban con miniaturas y se encuadernaban, se llamaba escriptorum. Los libros en aquella época eran escasos y muy costosos, por lo que solo se realizaban por encargo de la escasa población que sabía leer y que podía pagar los grandes gastos de producción. Manuscritos miniados, códices caligráficos, o rollos y libros dibujados a mano, son los términos que suelen aplicarse a los manuscritos medievales que están adornados e ilustrados de diferentes maneras. Las ilustraciones o iluminaciones se llaman también miniaturas, término que procede del latín minium (minio), pigmento que se utilizaba antiguamente para marcar las letras iniciales del texto; por lo que el término no se refiere al tamaño diminuto de la pintura


La iconografía existente en los manuscritos iluminados muestra cómo escribían los copistas los rollos o códices. En ella se aprecian los escriptorios, las mesas de trabajo, los diversos utensilios para escribir o iluminar e, incluso, las posturas habituales para trabajar: de pie, sentados sobre taburetes, piedras, y reclinados sobre el pupitre o mesa o con una tabla apoyada en las rodillas y fijada a la mesa... hasta sentados en el suelo, o apoyados sobre la rodilla. Según se ha indicado, frente al estilo o el cincel y demás objetos punzantes para la incisión en la escritura característica de los soportes denominados tradicionalmente duros, los usados por los copistas para escribir sobre papiro, pergamino o papel son básicamente el pincel, tallado a bisel y que exigía grandes dotes caligráficas, el cálamo, tallado en punta, de manejo más fácil y, especialmente a partir del siglo IV d.C., la pluma de ave, ganso u oca. Estos útiles se cortaban con un cortaplumas y se afilaban, especialmente la pluma, con piedra pómez o piedra de afilar. Para guardarlos se utilizaba un estuche denominado stilarium, graphiarium theca libraria o calamarium. Fundamentales también para la preparación del códice y para la escritura eran otros instrumentos como: compás, punzón, regla, lápiz de plomo, raspador y esponja.


El códice se componía de una serie de fascículos, cuya unidad mínima es el bifolio o doble folio, y puede ir aumentando progresivamente su número. Estos folios se doblan y pliegan de diferentes modos y con ellos se formaban distintos cuadernillos. Los formatos y tamaños pueden variar. Una vez formado el códice, constituido el libro, se procedía a preparar las hojas. Primero se perforaban para marcar unos puntos iniciales y finales, sobre los que se marcarían las líneas rectrices por donde debía transcurrir la escritura. Para la perforación se podían utilizar varios instrumentos: el cortaplumas, el punzón, una pequeña rueda dentada, un instrumento de base triangular o una especie de peine metálico. Según fuese el objeto, así dejaba las finas marcas sobre el folio. Dependiendo de las época se marcan los puntos en el centro, en los lados; también dependía de si el texto iba a ir a lo largo de la página o se iba a escribir encolumnado. La perforación se podía hacer de una vez sólo sobre un bifolio o sobre varios, lo que también daba lugar a tipologías distintas. Una vez trazadas las perforaciones, se procedía al pautado o rayado de la página. Sobre la base de los orificios antes realizados se trazaban las líneas de pautado, que también ofrecen gran variedad, dependiendo de zonas y épocas. Las líneas rectrices son las que se usan para escribir el texto, pero también había líneas de justificación marginales, horizontales o verticales, que enmarcaban también el texto. Se creaba así una especie de falsilla sobre la que escribir. Por otra parte, se daban también ciertas marcas como signaturas y reclamos que indicaban el orden de los pliegos: las primeras consistían en una numeración en un extremo de la página, los segundos en escribir al final de una página (normalmente en el margen derecho inferior) la primera o primeras palabras de la siguiente.


Para la escritura se usaban tintas y tinteros, así como productos de fijación para las mismas. El uso de las tintas se remonta ya al tercer milenio a.C. Se usaba el negro de humo mezclado con goma. Se obtenía una pasta que se solidificaba y que había que diluir para escribir. Había tintas de origen vegetal, fácilmente borrables con una esponja húmeda; en la Edad Media comienzan a usarse otras obtenidas de elementos metálicos. Generalmente se componía de elementos como vidrio, nuez de agallas, vitriolo, goma, cerveza o vinagre. Las tintas eran principalmente negras, aunque la civilización primitiva china las usaba también rojas. De este color se empezaron a usar en Occidente en la Edad Media. Para obtener estos tonos se recurría a otros productos, así la púrpura, extraída de las glándulas de moluscos gasterópodos-, el cinabrio, el carmín o las tierras coloreadas, como la sinópica, además del oro o la plata. Para la escritura éstas son básicamente las tintas usadas; sin embargo, un capítulo aparte merecen las tinturas y colores usados en la iluminación de manuscritos, donde se consiguen una gran variedad de tonos por diversos procedimientos.


ACTIVIDAD DE APRENDIZAJE:


Del capítulo del libro de: José Martínez de Sousa. Pequeña Historia del Libro. Barcelona: Editorial Labor, 1992. 203 p., que se encuentra en la sección de lecturas, extrae las ideas que te parezca sean de mayor relevancia acerca del libro en la Edad Media. Explica porque las consideras relevantes


Describe los diversos tipos de escritura que se utilizaron para confeccionar libros manuscritos durante esta época.



1 Svend Dahl.op. cit., p. 54-62

2 Cf. Asa Briggs y Peter BurKe. De Gutemberg a Internet: Una historia social de los medios de comunicación. Madrid: Taurus, 2002. 424 p., p.

3 Svend Dahl op. cit. p.




Última actualización: 04 de Noviembre de 2005

 

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