TEMAS y SUBTEMAS


2.1 La escritura


2.2 Soportes


2.3 Repositorios


EVALUACIÓN FINAL

Historia del Libro y de las Bibliotecas I

UNIDAD II:
EDAD ANTIGUA: Mesopotamia, Egipto, China, India, Fenicia, Grecia, Roma, mundo árabe, Mesoamérica
REGRESAR A INDEX.HTM

Ramiro Lafuente López



2.3 Repositorios


Los primeros datos con los que contamos acerca de las bibliotecas provienen de Egipto, aunque es muy poco lo que de ellas sabemos. Es seguro afirmar que en aquellas épocas no existía una diferencia clara entre biblioteca y archivo; de igual forma podemos asumir que las primeras bibliotecas estaban ubicadas en centros religiosos y su cuidado estaba a cargo de los sacerdotes. Sabemos también que en el templo de Edfu, consagrado al dios solar Horus, existe una cámara cuyas paredes tienen escritos los títulos de varias obras donadas a la biblioteca. En Tebas hay dos tumbas cuyas inscripciones indican que en ellas se encuentran dos bibliotecarios


Un personaje importante en la formación y conservación de bibliotecas y archivos fueron los escribas, quienes al principio eran simples escribientes, pero después acabaron convirtiéndose en los depositarios del saber religioso, literario, científico y comercial que se conservaba en los textos de la época. Los escribas formaban una clase aparte, ligados al templo y al palacio real, donde se conservaban los documentos escritos.


Bibliotecas de la antigüedad


La Biblioteca de Ebla, la que según Sagredo contenía15 000 tablillas1, mientras que Escolar señala que existían 17 000 fragmentos de tablillas, que equivalen a unos 4 000 documentos2, tablillas que registraban datos de carácter comercial, legal y administrativo. Una porción de la colección estaba compuesta por materiales de consulta y por narrativas épicas, mitos, himnos, rituales y proverbios, así como manuales de botánica, zoología, mineralogía y matemáticas. se afirma que tales tablillas guardaban un orden sistemático, por lo que se estaría hablando del testimonio más antiguo de la utilización de principios hoy propios de la biblioteconomía, por parte de los antiguos escribas3.


Cerca del río Tigris se estableció Ninive, la antigua capital del reino Asirio. En esta región, gracias a las excavaciones hechas en el siglo XIX por arqueólogos ingleses, se pudieron conocer más de 25000 tabletas que ahora se encuentran en el Museo Británico y se les conoce colectivamente como Biblioteca de Assurbanipal4.


Los textos más antiguos indican que al igual que Asurbanipal (rey de Asiria de 668 al 627 a. C), sus predecesores se involucraron en la formación de grandes colecciones de tablillas. Si consideramos las fechas, así como las variaciones en los caracteres de las tablillas y las diferentes ubicaciones del descubrimiento de tablillas en Nínive, no es factible considerar todas las tablillas de esa ciudad, como parte de una sola biblioteca.


Es factible distinguir colecciones parciales sobre la base de las notas encontradas en los textos. Al final del texto, en una especie de colofón, era común ofrecer información como el título o incipit del texto, el nombre del autor o del escriba que copio el texto, la serie a la que la tablilla pertenecía y su número de ubicación, así como la línea de continuación, o línea inicial de la siguiente tablilla en la serie. Sólo los textos con el colofón nombrando a Asurbanipal, pueden ser considerados parte de la biblioteca de Asurbanipal. Algunas fórmulas encontradas en diferentes colofones proveen una descripción similar a los actuales procedimientos bibliográficos5. Por eso, para autores como H. Curtis Wright, la labor realizada en la biblioteca de Asurbanipal, debe ser reconocida como el primer intento por sistematizar una colección.


Las tabletas de arcilla se guardaban, según nos los relata Georges Contenau 6en estantes, dispuestas una sobre otra, y en el canto se escribían las primera palabras de la obra, que de este modo se intitulaba como las encíclicas pontificales, con las palabras con que principia el texto


La Biblioteca de Alejandría


Ptolomeo I Sóter (362 adC-283 adC) mandó construir en Alexandría7 el gran palacio que serviría de alojamiento a toda la dinastía Ptolemaica. Al otro lado del jardín y conocido desde el principio con el nombre de Museo se edificó otro gran monumento. Le llamaron así por respeto a la sabiduría, porque lo consideraron como un santuario consagrado a las Musas, que eran las diosas de la memoria, de las artes y de las ciencias. El edificio constaba de varios apartados dedicados al saber, que con el tiempo fueron ampliándose y tomando gran importancia8.


La biblioteca de Alejandría estuvo dirigida y administrada por diferentes equipos de numerosos escritores e investigadores griegos, entre ellos el gramático y poeta Calímaco, el filósofo Aristófanes de Bizancio y el crítico Aristarco de Samotracia. No sólo fue el centro del helenismo, sino también de los estudios semíticos. La biblioteca también se utilizaba como escuela y centro de investigaciones; era un santuario y fuente de inspiración para eruditos. En ella floreció la cultura greco-romana y se consideró una de las fuentes más ricas de la cultura antigua, especialmente en lo relativo a la ciencia y la filosofía. La información más importante sobre la antigua biblioteca de Alejandría se preserva en un scholium o nota marginal del siglo XII d. C., del erudito bizantino John Tzetzes. Dice que la biblioteca tenia 42,800 libros; la biblioteca privada de la corte y el palacio tenia 40,000 libros desordenados y 90,000 libros ordenados, como Calímaco estableció, quien fue un hombre de la corte y catalogó los libros. Su contemporáneo Eratosthenes fue encargado por el rey con el puesto de bibliotecario.


La biblioteca de Alejandría fue un recinto en donde se trató de reunir toda la literatura griega en las mejores copias disponibles. Su colección de papiros y rollos llegó a cientos de miles de ejemplares, sin duda la más grande de la antigüedad. No cabe duda de que el número de libros guardados en la biblioteca fue grande, superior con mucho al de cualquiera otra colección o biblioteca anterior o contemporánea. En este sentido, impresionó a los antiguos, que dieron cifras de cientos de miles de libros.


Esta gran colección se formó gracias al trabajo de muchos escribas que copiaron los manuscritos prestados por otras bibliotecas o tomados de los barcos que atracaban en el puerto de la ciudad. Además en la biblioteca se desarrolló un sistema que inventariaba y clasificaba todos los materiales9.


Tzetzes menciona a Demetrio de Phaleron relacionado con la adquisición10 de volúmenes para las nuevas bibliotecas de Alejandría, dentro y fuera de palacio. Otra fuente importante para la biblioteca de Alejandría, La carta de Aristeas, atribuye a Demetrio de Phaleron la prodigiosa hazaña de la adquisición de manuscritos, que seguramente formaron parte de la colección de la biblioteca de Alejandría. Demetrio de Phaleron11, como guarda de la biblioteca real, recibió grandes cantidades de dinero con el fin de enriquecer la colección, si era posible, con todos los libros del mundo; mediante adquisición y transcripción puso en practica sus mejores habilidades para ejecutar los deseos reales. Un texto registra que la colección en su momento reunía 20,0000 volúmenes y si se continuaba haciendo una búsqueda diligente de los que faltaban, se podría llegar a tener 50,0000.


Dadas las enormes dimensiones de la biblioteca de Alejandría, se hizo necesario llevar a cabo una organización y almacenamiento de información, principio central de la documentación de los tiempos presentes, que permitiera identificar las obras originales y ediciones críticas, pues cabe señalar que la colección de material bibliográfico en Alejandría en el III siglo a. C. estimuló un intensivo programa editorial que expandió el desarrollo de ediciones críticas, exégesis textual y la generación de las bases de instrumentos básicos para la investigación, como diccionarios, concordancias y enciclopedias.


La biblioteca de Alejandría intentó organizar un enorme conjunto de obras bajo una sola clasificación, esa organización al parecer se basaba en la organización de la ciencia ideada por Aristóteles12. Calímaco es el autor del denominado Pinakes, del que el título completo presumiblemente es Tablas de los principales trabajos en toda la civilización Griega. Ese trabajo no sobrevivió, pero según ciertas descripciones, lo formaban 120 rollos. Dividió su trabajo en cierto número de clases principales pero solo tres se mencionan explícitamente en las fuentes: 1) oratoria o retórica, 2) derecho o legislación, 3) escritos misceláneos (incluyendo libros de cocina). Otras categorías probables incluyen 4) historia o historiadores, 5) filosofía o filósofos, 6) medicina o médicos, 7) teatro o actores, que posiblemente se dividía en secciones separadas por comedias, tragedias, poetas épicos y líricos. En cada categoría, los nombres de los autores y pequeñas bibliografías se incluían junto con una lista de sus trabajos e incipits. Por eso la tradición occidental del autor como entrada principal puede haber tenido su origen en los Pinakes de Calímaco.


Los grandes buques que llegaban al famoso puerto de Alejandría cargados de mercancías diversas eran inspeccionados en busca de libros. Cuando encontraban algún rollo, lo confiscaban y lo llevaban en depósito a la biblioteca. Allí los amanuenses se encargaban de copiarlo. Una vez hecha esa labor el rollo era devuelto (generalmente) a sus dueños. El valor de estas copias era altísimo y muy estimado. La biblioteca de Alejandría llegó a ser la depositaria de las copias de todos los libros del mundo antiguo. Allí fue donde realmente se llevó a cabo por primera vez el arte de la edición crítica.


Calímaco continuó sus actividades durante el reinado de Ptolomeo III (246-222 a. C.), durante ese13 reinado Eratosthenes, mencionado anteriormente, sirvió como jefe bibliotecario de la biblioteca de Alejandría. En ese tiempo la biblioteca se vio envuelta en una arduo mercadeo de libros y se tuvieron que implementar otros medios para obtener libros. Se sabe por Galeno (129-199 d. C.) que Ptolomeo III ordenó que todos los barcos que paraban en Alejandría debían ser revisados para ver si tenían rollos con trabajos que estuvieran en la colección de la biblioteca. Tales rollos eran tomados para la biblioteca, donde se copiaban; la copia se daba al propietario y el original quedaba en manos de la biblioteca con la nota ex ploion que significaba tomado a bordo de un barco. Galeno cuenta como, cuando los rollos destinados a la biblioteca eran tomados de los barcos, no se llevaban inmediatamente junto a los rollos de la colección, sino a un almacén (apothekai). Otros libros fueron producidos en la biblioteca misma; los estudiantes del museo escribían varios volúmenes en prosa y verso y especialmente de trabajos con comentarios, además de generar diversas traducciones de excelente calidad14.

En el mismo tiempo Ptolomeo III arregló el préstamo de las copias oficiales de las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides de Atenas, dejando la suma de cincuenta talentos como depósito para el préstamo. Ptolomeo perdió su depósito al no regresarlos y la biblioteca de Alejandría guardó los originales. El personal de la biblioteca hizo copias con papiros de fina calidad que se enviaron a Atenas. Los atenienses con el dinero y las copias parecieron estar conformes con el acuerdo. Esto ilustra que competente y eficiente scriptorium existía en Alejandría. En ese sentido la fama de la biblioteca de Alejandría se debe también a su elaborado programa editorial donde se establecieron los primeros lineamientos para la edición de textos y los posteriores comentarios15.


Aristófanes de Bizancio, pupilo de Calímaco y Eratosthenes, tomó después el cargo de jefe de la biblioteca en Alejandría. Vitrivius describe el fenomenal conocimiento de Aristófanes de la colección de Alejandría. En la ocasión de un Mouseia o festival literario público en honor de Apolo y las Musas, el rey necesitaba un séptimo juez para una competencia que involucraba la composición de versos originales. Los Gobernadores de la Biblioteca recomendaron a Aristófanes, quien era un investigador que leía y estudiaba diariamente en la biblioteca. Al terminar la participación de los concursantes, los otros seis jueces y la audiencia unánimemente seleccionaron al triunfador, pero Aristófanes se opuso, descalificando al favorito por no haber presentado composiciones originales. Cuando se le desafío a probar su juicio Aristófanes, repitiendo de memoria, reprodujo una gran cantidad de rollos de papiro (volumina) de ciertos estuches de libros (armaria), y comparándolos con los recitados, llevó al autor a confesar su fraude. Esta anécdota ilustra los hábitos de trabajo de los investigadores de Alejandría. Los rollos específicos podían ser reproducidos en notas cortas y eso permitía a los investigadores tener espacio en la biblioteca para leer los libros16.


La legendaria biblioteca de Alejandría, la más grande y rica del mundo antiguo, también es famosa por haber declinado a causa de las guerras y los incendios17. César durante la reconquista de Egipto, el emperador Aureliano y después Diocleciano le habrían causado graves daños18.


En esos incendios cuarenta mil pergaminos ardieron en Alejandría. Luciano Canfora señala que los incendios no necesariamente dañaron a la famosa biblioteca, aún Apiano, que vivió en la época de Adriano, no dice una palabra al respecto. Algunos datos señalan que tanto el museo como la biblioteca fueron destruidos durante la guerra civil del siglo III d. C. y una biblioteca auxiliar superviviente fue quemada por los cristianos en el año 391 d. C19, pero nadie sabe a ciencia cierta como fue el final de aquella noble biblioteca y qué se hicieron de sus colecciones de inestimable valor20.


Todo lo que se sabe en la actualidad sobre la historia de la antigua biblioteca se debe a algunas referencias de escritores posteriores, a veces de gente que incluso la llegó a conocer, pero son informes de paso, no hay nada dedicado en exclusiva a comentar y describir ni el edificio ni la vida que en ella se desarrollaba.


Así tenemos al geógrafo griego Estrabón (c. 63 ad C. 24 ad C), gran viajero, que hace una pequeña descripción, pues parece ser que estuvo en Alejandría a finales del siglo I a, C. Habla del Museo y dice que consta de una exedra, es decir una obra hecha al descubierto, circular y con unos asientos pegados a la parte interior de la curva. Cuenta que también vio una estancia muy amplia donde se celebraban las comidas de los sabios y los empleados. Y habla también de la biblioteca, de la gran biblioteca, algo obligatorio en el Museo.


Aristeas, en el siglo II ad C., en las cartas dirigidas a su hermano Filócrates habla de la biblioteca. Marco Anneo Lucano, historiador, natural de Hispania, sobrino de Séneca, del siglo I, cuenta en su obra Farsalia cómo ocurrió el incendio, cómo se propagaron las llamas ayudadas por el viento que no cesaba, desde los barcos también incendiados y anclados en el gran puerto oriental.


Tito Livio dice en sus referencias que la biblioteca de Alejandría era uno de los edificios más bellos que él había visto. Con muchas salas llenas de estantes y con habitaciones donde sólo los copistas podían estar sin que fueran molestados.


El biógrafo Plutarco (c. 46-125), viajó en varias ocasiones a Egipto. En Alejandría debió escuchar muchas historias sobre el famoso incendio. Escribió una biografía sobre Julio César y al tratar sobre la batalla en el mar en ningún momento cuenta el incendio de la biblioteca, ya que en el desastre estaba implicado César y parece ser que no quiere manchar su nombre con aquel hecho. El mismo Julio César en su obra Bellum civile en que habla de aquella batalla, omite por completo el incendio de la biblioteca. Otros escritores de la misma época también silencian la relación de César con el incendio de Alejandría.


Mucho más tarde, en el siglo IV de nuestra era, san Juan Crisóstomo hace una relación del estado en que se encontraba en aquellos años la brillante ciudad de Alejandría y dice que la desolación y la destrucción son tales que no se puede adivinar ni el lugar donde se encontraba el Soma (el mausoleo de Alejandro) ni la sombra de la Gran Biblioteca.


En el siglo XV, un escriba tradujo al latín los comentarios de Juan Tzetzes (c.1110-c.1180), que fue un filólogo bizantino. Dichos comentarios estaban tomados de la obra Prolegómenos a Aristófanes. Tzetzes habla en ellos sobre la Biblioteca.


Cuando César conquistó Alejandría en el año 47 a. de n. e., parte de la colección ardió a consecuencia del descuido de las tropas romanas; se dice que Antonio compensó a Cleopatra por la pérdida regalándole 200,000 rollos de la biblioteca de Pérgamo. Finalmente, en el año 391 de nuestra era, el arzobispo Teófilo de Antioquía y sus hordas cristianas destruyeron el templo de Serapis y con él, los restos de la colección21.


La Biblioteca de Pérgamo


La biblioteca de Pérgamo, considerada junto con la de Alejandría como una de las más grandes de la antigüedad, fue fundada por Eumenes II (197-159 a. C.) en el templo de Minerva y su primer director fue Crates de Malos, un filósofo que alcanzó gran prestigio en Roma. Los amplios cuartos de la biblioteca de Pérgamo, contenían cerca de 80,000 rollos, visibles para el público, pero accesibles solo para el personal. Gran parte de estos rollos versaban sobre temas de literatura e historia griega y solo una pequeña parte correspondía a materiales no griegos, por lo que en este aspecto era mucho menor su colección que la de Alejandría. La biblioteca de Pérgamo era de gran utilidad para los estudios homéricos, la geometría, la crítica y las artes, aún cuando no se producía gran cantidad de literatura en la ciudad22.


Pese a que en Grecia ya existían bibliotecas privadas en el siglo VI A.C., es hasta el siglo IV A.C., cuando se funda la biblioteca pública ateniense del tirano Pisistrato, la cual fue trasladada a Persia después de la batalla de Salamina, regresando a su lugar de origen más tarde gracias al rey de Siria, Seleuco Nicator23.


Bibliotecas en el Imperio Romano


En Roma se producirán una serie de cambios decisivos en la elaboración y difusión de documentos. El primero de estos cambios fue la comercialización de documentos, que dará lugar a la aparición de librerías editoriales, con esclavos dedicados a la copia de textos. El negocio editorial se fue desarrollando mediante el intercambio y la compraventa de libros. Pomponio Ático fue el primer editor romano, que destacó por editar las obras de Cicerón. El comercio del libro se vio favorecido además por la costumbre de los patricios romanos de coleccionar libros como signo de distinción. Así poseer una biblioteca se convirtió en sinónimo de prestigio social. La escritura se hizo cotidiana, se escribía en el Senado, en las campañas militares y en la vida doméstica, y se tomaron numerosas bibliotecas como botín de guerra.


Por otro lado, en la Roma Imperial se crearon las bibliotecas públicas, de carácter estatal, a las que tenía acceso cualquier ciudadano, cuando en 39 a. C. se establece la biblioteca fundada por Arsinius Pollio, amigo de Virgilio y Horacio24. En su Historia natural, Plinio menciona la fundación de esta biblioteca y la señala como un intento para que las bibliotecas fueran abiertas a toda la población y describe de manera breve el porqué de este objetivo25.


Julio Cesar también planeó la creación de una biblioteca pública, para lo cual solicitó la ayuda de Marcos Terentius, autor del tratado De bibliothecis (del cual no se conserva ejemplar) y a quien se califica como uno de los primeros bibliotecarios. Julio Cesar murió en el año 44 a. C., antes de concluir la biblioteca26, pero el emperador Augusto culminó ese proyecto, estableciendo en Roma dos &ldquobibliotecas de libre acceso: una en el Pórtico de Octavia, destruida por un incendio en tiempos de Tito y otra en el Palatino&rdquo27.


Aunque las bibliotecas en Roma se denominan públicas, tenían límites en el acceso a los documentos que albergaban, sólo aquellos que supieran leer podían tener acceso a ellas, es decir, su acceso estaba limitado por las condiciones sociales y educativas de los habitantes. De acuerdo con un censo regional de Constantino, en el año 350 después de Cristo existían unas 28 bibliotecas públicas en Roma y en las provincias había una cuantas colecciones28.


Antes de las bibliotecas públicas hubo colecciones particulares que los nobles romanos buscaban y se procuraban a gran precio o se llevaban de las ciudades griegas conquistadas y este afán continuó activo en los demás siglos del Imperio. La primera colección de esta clase privada fue la de Paulo Emilio, año 160 a.C. En el siglo IV, contaba Roma con 29 bibliotecas públicas que la invasión de los bárbaros destruyó casi por completo y sin duda, que en otras ciudades romanas se hallarían magníficas colecciones de libros cuando sólo en Herculano se ha descubierto una con más de 1.800 piezas de papiro que debieron componer unos 800 rollos.


En cuanto los cristianos pudieron disfrutar y dedicarse a las letras, fundaron también sus bibliotecas aun antes del triunfo de Constantino , algunas más célebres fueron:


  • la de Cesarea, fundada por San Pánfilo y aumentada por el historiador Eusebio que llegó a constar de 30.000 volúmenes, según San Isidoro
  • la de Antioquía
  • la de Hipona


Todo ello, sin contar las colecciones de volúmenes sagrados que todas las Iglesias poseían. El Emperador Constantino reunió más de 6.900 volúmenes en la biblioteca por él fundada en Constantinopla la cual contaba 1000.000 a la muerte del Emperador Teodosio y fue incencidada en el año 477.


En el siglo IV Constantino "El Grande", decidió convertir la capital del imperio romano de oriente (Constantinopla) en un centro cultural, fundando con la colaboración de sabios griegos, una biblioteca en donde la literatura cristiana se encontrara ampliamente representada, así como obras de la literatura pagana29.


Cuando los romanos establecieron su hegemonía mundial y se apoderaron de los frutos de la cultura griega, llevaron a tierras romanas las tradiciones griegas, entre ellas las relativas a los libros. Los generales romanos llevaron a Roma libros griegos y bibliotecas completas como botín de guerra, demostrando el alto valor que se les daba a los libros.


Las bibliotecas públicas en Roma comenzaron a surgir cuando César decidió fundar en la capital una biblioteca, siguiendo el modelo de la extinta biblioteca de Alejandría. Pero éste no pudo ver culminados sus planes y no fue hasta el año 39 A. de C., que Asinio Polión estableció la biblioteca pública en el templo de la Libertad.


Posteriormente, bajo el mandato del emperador Augusto, la ciudad obtuvo dos grandes bibliotecas, la Biblioteca Palatina junto al templo de Apolo y la Octaviana, en el templo de Júpiter, ambas alrededor del año 28 D. de C.30


Mientras se construían grandes bibliotecas públicas, el número de coleccionistas privados iba progresivamente en aumento, principalmente durante los últimos años de la República y en los del Imperio. Era de rigor que en casa de un romano distinguido existiese una importante biblioteca con magníficas adquisiciones y acogedoras instalaciones; lo cual aumentaba el prestigio del propietario.


Se cree que para el año 370 D. de C. existían en Roma alrededor de 28 bibliotecas públicas, así como otras más de coleccionistas privados, que paulatinamente se habían establecido en las provincias del imperio31.


Amoxcalli

Miguel León Portilla escribe que la palabra amoxcalli significa &ldquocasa de libros o códices, de amoxtli: códice hecho a modo biombo con tiras de &ldquopapel&rdquo de amatae (ficus pitiolaris) y calli: casa &hellip.[las fuentes] certifican la existencia de &ldquoarchivos o bibliotecas&rdquo, anexas a los templos y calmécac, donde se conservaban los códices. Como una prueba de la importancia que se le daba a la documentación ( pintada) en los diversos órdenes del saber náhuatl, es significativo el hecho de que los sabios o tlamatinime, se les llamaba con frecuencia amoxoaque: poseedores de códices32


ACTIVIDAD DE APRENDIZAJE:

En la primera lectura de la unidad uno se mencionó como la biblioteca en la antigüedad cumplía funciones de acopio, conservación y difusión de textos. Y en este apartado resumimos lo que diversos autores han logrado reconstruir acerca de las bibliotecas en el mundo antiguo. A partir de estos datos realiza la siguiente actividad:

¿Cuál consideras que son los aspectos relevantes de lo mencionado acerca de la bibliotecas incluidas en este apartado?



1 Félix Sagredo. Los orígenes de la Biblioteconomía y Documentación : Ebla, &ndash En: Documentación de las ciencias de la información. &ndash No. 17. &ndash (1994). p. 123-129.

2 Hipólito Escolar Sobrino. Historia de las bibliotecas. &ndash 3ª ed. -- Madrid : Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1990. p. 19

3 Félix Sagredo. En los orígenes... Op. Cit., p. 126.

4 Steven Blake Shubert. &ldquoThe oriental origins of the Alexandrian Library&rdquo. En: Libri. 1993: vol. 43, no. 2. p. 148-149.

5 Steven Blake Shubert. &ldquoThe oriental origins of the Alexandrian Library&rdquo. En: Libri. 1993: vol. 43, no. 2. p.151.

6 Georges Contenau. La vida cotidiana en Babilonia y Asiria. Barcelona: Editorial Mateu, 1962.

7 A Millares Carlo. Introducción a la historia del libro y de las bibliotecas. México: Fondo de Cultura Económica, 1971. 399 p., p.231

8 Cfr. Steven Blake Shubert. &ldquoThe oriental origins of the Alexandrian Library&rdquo. En: Libri. 1993: vol. 43, no. 2.

9 Ruby, Carmela. &ldquoBibliotheca Alexandrina: the world community helps to build a new library&rdquo. En: California State Information Bulletin n. 38 (ene 1992). p. 14.

10 Steven Blake. Op Cit., p. 146.

11 García Marco, Francisco Javier. &ldquoVannevar Bush, el hipertexto y el futuro del documento&rdquo. En: Tendencias de investigación en documentación : actas del seminario / Jesús Tramullas, ed. &ndash Zaragoza : Universidad de Zaragoza, 1996. p. 185-210. p. 192.

12 García Marco, Francisco Javier. &ldquoVannevar Bush, op. cit., p. 192.

13 Steven Blake. Op. Cit., p. 144.

14 Lerner, Fred. The story of libraries : from the invention of writing to the computer age. New York : Continuum, 1998. p. 28.

15 Steven Blake. Op Cit., p. 164.

16 Steven Blake. Ibid., p. 145.

17 Ruby, Carmela. Op. Cit., p. 15.

18 Lemaire, Gérard-Georges. &ldquoCoelestis bibliothecoe cultor&rdquo. En: Quimera: revista de literatura. n. 177. (feb. 199). p. 24.

19 Maria Angeles Durán. &ldquoEl lugar de los libros&rdquo. En: Siempre estuvimos en Alejandría / Julia García Maza, ed. &ndash Valencia . Alfonso el Magnánimo, 1997. p. 63.

20 Lemaire. Op Cit., p. 25.

21 Hipólito Escolar Sobrino. Historia de las bibliotecas. Madrid : Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1990. p. 86-92.

22 Lerner. Op Cit., p. 31.

23 A Millares Carlo. Introducción a la historia del libro y de las bibliotecas. México: Fondo de Cultura Económica, 1971. 399 p., p.230

24 Millares, Carlo. Op. Cit., p. 233.

25 Thompson, James. A history of the principles of librarianship. Londres : Clive Bingley, 1974., p. 64.

26 Ibid., p. 64.

27 Millares, Carlo. Op. Cit., p. 233.

28 Thompson, James. Op. Cit., p. 65.

29 Svend Dahl. Historia del Libro. México: Alianza-Conaculta, 1991, p 46

30 Svend Dahl. Historia del Libro. México: Alianza-Conaculta, 1991, p. 36

31 Svend Dahl. Op. cit., p. 36

32 Miguel León portilla. La filosofía náhuatl: estudiada en sus fuentes. México: UNAM: Instituto de investigaciones Historicas,1993. 461 p., p. 377






Última actualización: 04 de Noviembre de 2005

 

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